A CIEN AÑOS DE LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE Las Tesis de Abril y la Internacional Revolucionaria

Andrés Roldán
En la décima y última tesis presentada por Lenin apenas llegado a Petrogrado, el dirigente bolchevique va a formular la necesidad de una “iniciativa para crear una Internacional Revolucionaria, contra los socialchovinistas y contra el centro…”.

Como señalamos en el artículo de esta misma serie: “Los bolcheviques y la Primera Guerra Mundial”1, la postura frente a la guerra había escindido profundamente al movimiento socialista internacional, agrupado hasta entonces en la II Internacional Socialista. La enorme mayoría de sus partidos, y especialmente los más importantes como el alemán, el francés y el austríaco, habían apoyado a sus respectivas burguesías imperialistas. Las fracciones que se oponían a esta política calificada como socialchovinista por sus críticos eran muy minoritarias.

Los intentos de reagrupar a las corrientes que se reconocían como “internacionalistas” y que se oponían a la guerra dieron lugar a las conferencias de Zimmerwald (1915) y Khiental (1916), ambas realizadas en Suiza. En estas reuniones se puso de relieve que aun dentro de los que se oponían a la guerra, la mayoría profesaba una posición centrista y más cercana al pacifismo que a la postura bolchevique de transformar a la guerra mundial en guerra civil contra el capital mediante el derrotismo revolucionario, postulando que la guerra mundial debía ser la oportunidad de enfrentar la carnicería imperialista para dar comienzo a la revolución socialista internacional. Los bolcheviques constituyeron el núcleo principal de la minoría de Zimmerwald.

En un artículo escrito pocos días después de las Tesis de Abril, titulado “Hay que fundar ahora mismo la III Internacional”, Lenin explica que lo que llevó al colapso a la Internacional de Zimmerwald fue su actitud vacilante, centrista, “kautskista”, frente al socialchovinismo. La clave que explica la negativa a romper con él por parte del centrismo es que “no está convencido de la necesidad de una revolución contra el propio gobierno”2.

Como puede verse, para Lenin había un vínculo indisoluble entre la posición de las Tesis de Abril referidas al gobierno provisional, a la necesidad de una nueva revolución y de una diferenciación tajante respecto de los socialchovinistas rusos (los mencheviques y socialistas revolucionarios) que apoyaban la continuidad de la guerra imperialista, ahora en nombre de la “defensa de la revolución”.

No podía haber para él una política para el país divorciada de una política en el campo de la Internacional y el abismo que separaba a los internacionalistas de los socialchovinistas en el campo de la Internacional, era el mismo que separaba a los bolcheviques de las corrientes “socialistas” rusas que apoyaban al gobierno provisional. Y esta comprensión fue la que lo llevó en la tesis 9 a proponer el cambio en el nombre del partido para dejar de llamarse socialdemócrata, ya que ese nombre desde el 4 de agosto de 1914 había quedado asociado a quienes Lenin caracteriza en el texto citado como “nuestros enemigos de clase, que se han pasado al campo de la burguesía”. Es que, para Lenin: “El internacionalismo, de hecho, es uno y solo uno: trabajar abnegadamente para desarrollar el movimiento revolucionario y la lucha revolucionaria en el propio país…”.

Las Tesis de Abril son inicialmente rechazadas, tanto por el Comité de Petrogrado como por el Comité Central, y recién son aprobadas por la Conferencia convocada unas semanas más tarde y tras la experiencia de las Jornadas de Abril. Pero ni la tesis 9 ni la 10, las referidas al cambio del nombre del partido y el llamado a fundar una nueva internacional consiguen otro voto que el suyo. Si algo pone de relieve las dificultades con que el partido bolchevique fue asimilando el viraje que significaron las Tesis de Abril, esta votación lo retrata categóricamente. La aprobación a la orientación política para actuar en la lucha contra el gobierno provisional y frente a la guerra y el rechazo al llamado a formar una nueva Internacional muestran esa vacilación y esas dificultades.

La Revolución de Octubre y la fundación de la III Internacional
Uno de los tantos mitos que rodean y dificultan la comprensión de la Revolución de Octubre es la que considera que la fundación de la III Internacional en marzo de 1919 fue una consecuencia de la victoria de la Revolución Rusa y hasta para algunos historiadores, como el francés François Furet, fue un mero instrumento de la política exterior del Estado Soviético.

Como hemos señalado a partir de las Tesis de Abril, nada más alejado a la realidad. Lenin llamó a formar “ya mismo” una nueva Internacional revolucionaria, fue formulado en abril de 1917, seis meses antes de la revolución y dos años antes de su efectiva concreción. Pero hay más. En el artículo citado del 10 de abril, Lenin sostiene que no sólo “estamos obligados” a fundar una nueva Internacional sino que va más lejos y sostiene que “debemos proclamar sin temor que esa Internacional ya ha sido fundada y actúa. Esta es la Internacional de los ‘internacionalistas de hecho’”.

Con lo cual deberíamos concluir no sólo que la III Internacional no debe considerarse un resultado del triunfo de la Revolución Rusa sino que, por el contrario y hasta cierto punto, el triunfo de la Revolución de Octubre fue el resultado de esa Internacional que ya actuaba, según Lenin, y que estaba representada por el partido bolchevique, una vez que tomó el rumbo estratégico diseñado en las Tesis de Abril, y esto a pesar de no haber votado la necesidad de llamar a constituirla.

La fundación de la IV Internacional fue muchas veces cuestionada (por Deutscher, por ejemplo), y uno de los argumentos utilizados es que no “nació” de una revolución triunfante como la III. Como vimos, esto no es cierto. Si bien la fundación de la III Internacional sólo pudo llevarse a cabo más de un año después de Octubre de 1917, ésta no fue su condición sino -como subrayamos- hasta cierto punto fue su consecuencia. La Revolución de Octubre fue el resultado de una acción de un partido profundamente consustanciado con el internacionalismo revolucionario y que había procesado una delimitación tajante de las corrientes socialchovinistas y centristas en el campo del socialismo internacional, y esta delimitación tajante -que comenzó por lo menos desde el estallido de la guerra en 1914 y pasó por las experiencias de Zimmerwald y Khiental- fue lo que permitió al partido bolchevique liderar la revolución proletaria en Rusia.

Por el contrario, la demora en esta delimitación, su carácter tardío, fue uno de los factores que explican la derrota del espartaquismo alemán en la revolución alemana de 1918-19. El Partido Comunista alemán fue fundado a toda prisa en diciembre de 1918. Justamente, la primera reunión de la III Internacional se realizó en Moscú, en marzo de 1919, poco después de la derrota de esa revolución y del asesinato, en enero de ese año, de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, los principales dirigentes de ese partido.

Otra crítica a la creación de la III Internacional la formuló Hobsbawm, para quien el “error fundamental que los bolcheviques cometieron (al fundarla) es el de dividir al movimiento obrero internacional… al estructurar un cuerpo de activistas totalmente comprometido y disciplinado, una especie de fuerza de asalto para la conquista revolucionaria. A los partidos que se negaron a aceptar la estructura leninista se les impidió incorporarse a la nueva Internacional o fueron expulsados, porque resultaría debilitada si aceptaba esas quintas columnas de oportunismo y reformismo”3.

Más allá del tono despectivo con que es presentado por el historiador y ex comunista inglés, lo que él critica, bien entendido, fue en realidad una de sus mayores virtudes. A diferencia justamente de la II Internacional, que actuaba como una asociación laxa de partidos nacionales y que no contaba con una dirección internacional centralizada, la III se planteó la tarea de conformar un estado mayor de la revolución socialista mundial. Por lo menos, ése fue el cometido de sus primeros cuatro congresos (uno por año) que llevó a cabo antes de su copamiento por la burocracia stalinista. La delimitación del socialchovinismo y del centrismo fue, como señalamos, una de las fortalezas de los bolcheviques rusos y una de las debilidades de otros partidos recién formados, como el alemán y el italiano, por ejemplo. Los congresos de la Internacional discutieron y aprobaron tesis de conjunto y resoluciones sobre numerosos países, actuando como un verdadero partido mundial.

La necesidad de un estado mayor de la revolución surge de toda la caracterización de la época histórica de guerras y revoluciones. Pero tampoco debe entenderse lo del estado mayor en clave putchista. Cuando Hobsbawm caracteriza a la III Internacional como una “fuerza de asalto”, desconoce el significado histórico del tercer congreso de la III Internacional, que adecuó la táctica de los partidos comunistas a las condiciones del fin de la ola revolucionaria de la primera posguerra. Identificar a un partido centralizado que actúa como fuerza consciente del proletariado mundial en las condiciones de declinación capitalista no sólo nos es sinónimo de putchismo, sino que es la herramienta capaz de adecuarse a las cambiantes condiciones de la lucha de clases. Lo que ocurre es que para Hobsbawm las condiciones que permitieron la Revolución de Octubre fueron excepcionales, sólo para Rusia y por un corto período de tiempo. Con esta perspectiva no hay necesidad de ninguna Internacional, ni centralizada ni de ningún tipo.

Otra cosa es su degeneración a partir del dominio estalinista que efectivamente la terminó transformando en un apéndice de las necesidades de la burocracia rusa para finalmente disolverla durante la Segunda Guerra Mundial como una ofrenda a los imperialistas aliados.

Tomado de Prensa Obrera No. 1455
http://www.po.org.ar/prensaObrera/1455

Notas
1. PO N° 1.447, 23/2.
2. Lenin, 10 de abril de 1917, citado en La Revolución Rusa en el siglo XXI, pág. 99
3. Eric H.: Historia del Siglo XX, la era de las catástrofes, Crítica Mondadori Grijalbo, Buenos Aires, 1994.

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