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A 23 AÑOS DEL TLC ¿RENEGOCIAR? O RENUNCIAR

Genoveva Alemán

Un breve repaso histórico
El pasado 16 de agosto iniciaron las rondas de “renegociación” del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN); NAFTA por sus siglas en inglés y ALÉNA por sus siglas en Francés. En 1989 Estados Unidos y Canadá firmaron un acuerdo bilateral de comercio; para 1990 se busca involucrar a México. El TLCAN fue firmado en diciembre de 1992 por los 3 países; George Bush (padre) presidente de E.U.A, Brian Mulroney primer ministro de Canadá y Carlos Salinas de Gortari presidente de México. El acuerdo entró oficialmente en vigor el 1 de enero de 1994, después de haber sido ratificado por los respectivos congresos. Cabe señalar que del 12 de junio de 1991 al 12 de agosto de 1992, los grupos de trabajo se reunieron en 389 ocasiones. 1

Los objetivos principales del acuerdo fueron el construir una zona de libre comercio eliminando las barreras arancelarias para favorecer la apertura y competencia comercial de América del Norte, aumentar las oportunidades de inversión y proteger los derechos de propiedad intelectual, entre otros, por supuesto estás son las consignas públicas y que se promocionaron ampliamente para generar una aceptación de la población, pero la realidad dista mucho del ideal.

El auge de los acuerdos económicos
Los acuerdos y tratados comerciales son una herramienta fundamental del sistema capitalista para garantizar las mejores condiciones de comercio de las principales potencias económicas y, en la actualidad, de las grandes empresas trasnacionales, es decir, del gran capital. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial se incrementó la necesidad de acuerdos comerciales, pero es bajo el modelo neoliberal que aumentaron ante la imperante necesidad de desregular el comercio y reducir las trabas a los mercados internacionales, lo que sin duda beneficia a quienes tienen mejores condiciones de negociación.
El TLCAN es muestra clara de ello, un acuerdo comercial cuyo discurso se enfocaba en promoverlo como la puerta al progreso y desarrollo de México, al aumento de empleos y de mejores condiciones laborales, económicas y sociales, se hablaba del fomento al intercambio social y cultural bajo el discurso de la llamada globalización, en resumen, se nos pretendía vender la idea de que el Tratado sería nuestra entrada al primer mundo, nada más falso.

La realidad detrás de la fantasía
En general, los acuerdos y tratados comerciales fungen como un mecanismo de control y dominación de los mercados y del comercio mundial, ya que imponen condiciones desfavorables para los países pobres bajo la promesa de ingresar al mercado mundial liberalizado, con lo cual podrán arribar al llamado primer mundo. Esta ha sido la fórmula repetida una y otra vez por el sistema capitalista que desde el siglo XX, bajo la modalidad de acuerdos de libre comercio, profundizó las condiciones de dependencia de los países de la periferia con los países del centro; aumentó las desigualdades y solamente benefició a los grandes consorcios trasnacionales quienes pueden extraer recursos económicos, materias primas, mano de obra y riquezas con muy pocas o nulas restricciones.

La mayoría de los acuerdos de comercio vigentes en el mundo presentan enormes desigualdades, principalmente por las diferencias económicas y sociales de los países firmantes, pero también, en las normatividades impuestas en beneficio del gran capital y en detrimento de los derechos de los pueblos.

Trump y sus amenazas cambiantes
Uno de las principales consignas de la campaña electoral del actual presidente de E.U.A, Donald Trump, fue el de criticar duramente el TLCAN. Sus argumentos se enfocaban en los pocos beneficios y las enormes pérdidas económicas para los norteamericanos a diferencia de los enormes beneficios que México ha obtenido del acuerdo.

Cobijado por un discurso nacionalista, las críticas al TLCAN hicieron eco en la población y los votantes norteamericanos. Una vez en la Casa Blanca el discurso se modificó por el de “renegociación”. La realidad dista mucho del discurso de Trump, en 23 años de existencia el TLCAN ha provocado el abandono del campo mexicano en el cual ya no se invierte, México ha profundizado su dependencia con Estados Unidos al reducir su industria y reconvertirse en economía primario-exportadora, las fronteras sean han endurecido más, la violencia y discurso de odio contra los migrantes van en aumento, las cifras de la balanza comercial no muestran, por ningún lado, las enormes ganancias que menciona Trump.

Entonces, ¿cuál es el objetivo real detrás de ese discurso? es evidente que bajo un análisis más detallado lo que hizo Trump fue poner a México en un contexto de mayor sumisión para poder aceptar nuevas condiciones de subordinación dentro de las rondas de “renegociación” del Tratado, por ejemplo, la agenda es dictada por los intereses norteamericanos que se enfocan principalmente en espacios estratégicos de telecomunicaciones, energía e hidrocarburos, propiedad intelectual con subtemas como el libre acceso a los medicamentos, entre otros sectores estratégicos que se menciona en el “Resumen de los Objetivos Específicos de Negociación para la Iniciación de las Negociaciones del TLCAN”.2

México respondió en la ambigüedad total a lo planteado por la comisión norteamericana, el documento “Prioridades de México en las negociaciones para la modernización del Tratado de Libre Comercio de América del Norte” exponen sólo 4 ejes prioritarios:

  1. Fortalecer la competitividad de América del Norte.
  2. Avanzar hacia un comercio regional inclusivo y responsable.
  3. Aprovechar las oportunidades de la economía del siglo XXI.
  4. Promover la certidumbre del comercio y las inversiones en América del Norte.

Con este documento pareciera que México está sólo a la espera de los puntos que Estados Unidos impondrá para tan sólo aceptar sin mayor mediación su aprobación con pocas o nulas modificaciones, es decir, se abre la puerta para profundizar aún más la desigualdad del acuerdo comercial que ha causado a México más déficits que superávits. 3

¿Qué nos queda por hacer?
La consigna de todos los sectores sociales, trabajadores, obreros, campesinos, indígenas, estudiantes, amas de casa, en general de toda la clase oprimida y explotada es la renuncia inmediata de México al TLCAN. Justo el día que dieron inicio las rondas de “renegociación” del TLCAN se realizó una movilización convocada por la Convocatoria de la Convergencia de Organizaciones Sociales contra el TLCAN, integrada por la Unión Nacional de Trabajadores y la Nueva Central de Trabajadores, la demanda es clara, la salida inmediata de México del acuerdo dado que sólo ha impuesto una mayor dependencia de México para con E.U.A. 4

La estrategia seguida por Trump y su gobierno se enfoca en mantener un constante amague de abandonar el Tratado, para que de este modo, México acepte peores condiciones que implican la entrega irrestricta de nuestros recursos estratégicos, el mayor empobrecimiento del campo y la apertura total a la destrucción del ambiente y de nuestros recursos naturales.

La delegación mexicana solicita como petición especial, que las negociaciones concluyan este mismo año, para evitar la politización que pueda hacerse del tema rumbo al proceso electoral del 2018. Si en realidad el TLCAN ha sido tan benéfico para México como suele decir el gobierno y analistas a modo, ¿Por qué temer entonces al contexto electoral? ¿Por qué limitar las rondas de “renegociación a 7 cuando al inicio del TLCAN se tuvieron más de 300 reuniones?

¡No a la “renegociación” del TLCAN; rechazo total y cancelación inmediata!

 

1 Historia del TLC, visto en: http://www.tlcan.com.mx/historia-del-tlcan.html
2 Office of the United States Trade Representative. “Summary of Specific Negotiating Objectives for the Initiation of NAFTA Negotiations”. Visto en: https://ustr.gov/sites/default/files/files/Press/Releases/NAFTAObjectives.pdf
3 Ver análisis del tema en: https://garmexicoblog.wordpress.com/2017/08/16/renegociar-el-tlcan/
4 Movilización contra la renegociación del TLCAN, visto en: https://www.facebook.com/AccionRevolucionariaMX/?hc_ref=ARQGMaopUcSGztza0cQw_7sl2vteZDdVQpRBFnPJ4hdtvZVD5vFpRU_-X0oyOseO_Y

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LA SITUACIÓN INTERNACIONAL Y AMÉRICA LATINA; UN BALANCE CRÍTICO

El sistema capitalista mundial atraviesa por una profunda crisis, una crisis estructural que se sustenta en el descenso de la tasa de ganancia, pero sobre todo, en la crisis de relaciones sociales del capital.

La burguesía mundial busca nuevos patrones de acumulación, recargando la crisis en los hombros de la clase trabajadora. Las condiciones mínimas para los trabajadores cada vez se ven más mermadas, las vacaciones, el día de descanso, la extensión de las jornadas de trabajo, la jubilaciones y pensiones, se han vuelto el blanco de los capitalistas ante la crisis mundial.

Estas condiciones se presentan lo mismo en los llamados países desarrollados como en los países dependientes o del llamado tercer mundo. Las libertades son atacadas lo mismo en Francia y Estados Unidos que en México y Brasil.

Crisis en América Latina
La bancarrota capitalista se ha magnificado en América latina como consecuencia de su dependencia extrema del mercado mundial. Golpeada por la quiebra hipotecaria y financiera de Estados Unidos y Europa, fue alcanzada enseguida por la reactivación del mercado mundial de materias primas, como consecuencia del rescate fiscal que impulsaron en especial Estados Unidos y China. Este rebote provocó un gigantesco endeudamiento público y privado, en especial por las operaciones de carry trade, y en consecuencia el desarrollo de un endeudamiento interno hipertrofiado y usurario. La “recaída” ulterior de la crisis mundial -Europa en 2012 y China en 2014-, que hundió el mercado de materias primas y desató una fuga intensa de capitales, volvió a llevar a los principales países del continente a un cuadro de bancarrota efectiva o potencial. Con una deuda pública de alrededor del ciento por ciento del PBI, la crisis política en Brasil podría desatar una situación de default (suspensión de pagos, insolvencia o cesación de pagos). En resumen, el nacionalismo burgués llegó a su apogeo político en el ascenso de este ciclo secundario de la crisis y se derrumbó en el retroceso de ese mismo ciclo.

Ahora, América Latina asiste a un nuevo episodio, considerablemente más grave, del largo ciclo iniciado con la crisis mexicano-argentina de 1982. Las crisis políticas en las metrópolis (Trump, Brexit, Francia, Italia) y la acentuación de la tendencia a la desintegración de la economía mundial (guerra comercial, principio de disolución de la UE y de la zona euro), solamente pueden agravar la tendencia a la crisis conjunta latinoamericana.

La apelación a la apertura económica y al socorro financiero internacional por parte de los nuevos gobiernos de filiación derechista, se encuentra en contradicción con la tendencia a la guerra comercial internacional, por un lado, y con la crisis de sobreproducción y financiera de China por el otro. Gobiernan, en Brasil y en Argentina, sobre la base de coaliciones políticas precarias, unidas por el temor a nuevas crisis políticas, bancarrotas y alzamientos populares. Obtienen del capital financiero un socorro que potencia la crisis con el pretexto de superarla, y que representa, por sobre todo, una salida efímera para los capitales ficticios que dominan el escenario financiero internacional. No existe una corriente de inversiones productivas, por la misma razón por la que escasean en las propias metrópolis y por el impasse de conjunto del proceso de globalización.

En Brasil se manifiesta un proceso aún más extraordinario: el desmantelamiento de una parte significativa de la estructura industrial, como consecuencia de las denuncias de corrupción en gran escala montadas desde el Departamento de Justicia y el gobierno de Estados Unidos y los monopolios petroleros internacionales.

Donald Trump
La clase obrera mundial sabía perfectamente cuales serían las consecuencias del arribo al poder de Donald Trump, quien a través del discurso de odio, racismo, violencia machista y homofobia confronta a los trabajadores entre sí como enemigos, perdiendo de vista que el enemigo es la burguesía que se beneficia de esta situación.

La guerra e intervencionismo imperialista sigue siendo la pauta de la política exterior norteamericana, los bombardeos en Siria y Afganistán no cesan y las tensiones y amenazas de guerra a Corea del Norte siguen siendo la pauta de una política de control imperialista. El triunfo de Trump puso en el centro de análisis el profundo racismo que habita en las clases adineradas y en amplios sectores de la población de Estados Unidos, que también padecen los estragos de una política interna que sigue sin dar muestras de claridad o mejora para los trabajadores del Norte.

Trump llegó al gobierno para profundizar el saqueo y depredación capitalista mundial y donde gobiernos que asumen una posición semicolonial ejecutan las políticas dictadas desde Washington en contra de la clase trabajadora, casos como Brasil, Argentina y México dan claras muestras de esta realidad en América Latina.

La reciente actuación del canciller Videgaray en la cumbre de la OEA de junio pasado realizada en Cancún, México, muestra como la política exterior mexicana se enfoca en ejecutar los mandatos norteamericanos ante las miradas atónitas de la opinión pública mundial, que observaba a un canciller mexicano más preocupado por ejecutar la línea de Washington contra Venezuela que por una protesta de dignidad ante el resto de países por los ataques y el discurso de odio de Donald Trump contra los mexicanos y sobretodo con una política interior omisa y cínica de un Estado que pretende mostrar una imagen falsa al mundo, la violencia en nuestra país alcanza niveles alarmantes, asesinatos, desapariciones, feminicidios, día a día van en aumento y resulta que Videgaray se asume como el gran juez ético de lo que ocurre en el país sudamericano.

Crisis imperialista y del nacionalismo burgués
América Latina asiste, hasta cierto punto, a un fenómeno excepcional. De un lado, al derrumbe de los regímenes nacionalistas burgueses y frentepopulistas que fueron empujados al poder por diferentes episodios de la crisis mundial de los 90 y por el agotamiento de las tentativas neoliberales precedentes; por otro, a una rápida crisis de los gobiernos que han venido a reemplazarlos por distintos medios políticos, electorales o golpistas. En resumen, asistimos a la conjunción de la crisis de dos formas de dominación política que se sucedieron y alternaron en el último cuarto de siglo.

Desde la crisis asiática de 1997-98 hasta el comienzo de la crisis de China, en 2014, la emergencia de gobiernos de corte nacionalista fue un resultado indirecto de crisis económicas y grandes sublevaciones de masas (desde la guerra del agua hasta la insurrección de octubre de 2003 en Bolivia, varias insurrecciones en Ecuador, el “argentinazo” y el “caracazo”, luchas agrarias en Paraguay y en Honduras), o de crisis financieras y luchas populares, en particular en Brasil, como prevención política frente a potenciales situaciones pre-revolucionarias.

Lo peculiar del momento ulterior, actual, en particular con el desplome del gobierno golpista de Michel Temer en Brasil, es la evidencia de una inviabilidad de las salidas alternativas de nuevo corte neoliberal. Esto vale también para la incipiente crisis política del gobierno de Horacio Cartes en Paraguay, las luchas que ha desatado la política del gobierno de Mauricio Macri en Argentina, un probable juicio político en Honduras y, no menos importante, el default económico y político de Puerto Rico. América latina atraviesa por una experiencia singular, como es la crisis sucesiva de formas de sucesión política.
Esta crisis conjunta se manifiesta en Venezuela, donde se combinan el agotamiento completo de la experiencia chavista y la inviabilidad irreversible del gobierno de Nicolás Maduro, por un lado, y la impotencia de la oposición de derecha y del imperialismo para organizar una sucesión “indolora”. En Venezuela se ha formado un “gobierno de facto” que deja abierta la perspectiva de un golpe y un gobierno militar, por una parte, una cadena sucesiva de crisis que podrían derivar en el desarrollo de situaciones revolucionarias, por la otra.

El nacionalismo burgués ha vuelto a demostrar su incapacidad histórica. Lo atestigua la debacle del chavismo. Ha pasado de un sistema plebiscitario a un régimen de facto y represivo. El desabastecimiento y una inflación galopante hacen las veces de medio del “ajuste”, cuya finalidad es el pago de la deuda externa.

Las masas explotadas han comenzado a advertir, en América Latina, que detrás de las políticas de “ajuste estructural”, liquidación de derechos laborales y sociales y privatización generalizada, opera una crisis política de conjunto. Las crisis sucesivas van enseñando que no existe salida social para la mayoría popular bajo la dominación política burguesa.

La izquierda revolucionaria y sus desafíos
Esta crisis conjunta del nacionalismo burgués y de la derecha proimperialista coloca a la izquierda revolucionaria ante un desafío objetivo, en su calidad de fuerza política en presencia, en sindicatos, en el movimiento de mujeres, el magisterio y los estudiantes y la juventud, y en los lugares de trabajo y organizaciones de desocupados; y en el campo electoral y parlamentario. Para una parte de la izquierda, sin embargo, la conquista de las masas se identifica con la adaptación a la emigración defraudada del nacionalismo, en oposición a una franca política de construcción revolucionaria en base a una lucha de clases cada vez más política y más intensa. En Venezuela, la izquierda marcha con el chavismo disidente en torno de consignas comunes de la oposición de derecha.
Desde el Grupo de Acción Revolucionaria proponemos el desarrollo del Frente Único para la intervención en las actual crisis imperialista y en el agotamiento de las experiencias nacionalistas burguesas; no defendemos el “frentismo” sino el Frente Único como un método para impulsar la intervención de las masas. El proletariado coquistará el poder por medio de la homogenización política, o sea la construcción de su propia organización revolucionaria, el partido revolucionario. El frentismo en sí mismo equivale al movimientismo, donde la acción es todo y la estrategia política nada.

Al nacionalismo burgués decadente y en crisis oponemos la lucha por gobiernos obreros y campesinos y por la unidad socialista de América Latina, incluido Puerto Rico. La bancarrota de la menor de las Antillas debe servir para impulsar una gran lucha nacional en el Caribe, bajo la bandera de la unidad socialista de los pueblos caribeños. Es lo que dará. seguramente, un nuevo impulso a la Revolución Cubana.

Es hora de derribar esos gobiernos que solo atacan a los trabajadores, acólitos del imperialismo y sus transnacionales.

A CIEN AÑOS DE LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE Las Tesis de Abril y la Internacional Revolucionaria

Andrés Roldán
En la décima y última tesis presentada por Lenin apenas llegado a Petrogrado, el dirigente bolchevique va a formular la necesidad de una “iniciativa para crear una Internacional Revolucionaria, contra los socialchovinistas y contra el centro…”.

Como señalamos en el artículo de esta misma serie: “Los bolcheviques y la Primera Guerra Mundial”1, la postura frente a la guerra había escindido profundamente al movimiento socialista internacional, agrupado hasta entonces en la II Internacional Socialista. La enorme mayoría de sus partidos, y especialmente los más importantes como el alemán, el francés y el austríaco, habían apoyado a sus respectivas burguesías imperialistas. Las fracciones que se oponían a esta política calificada como socialchovinista por sus críticos eran muy minoritarias.

Los intentos de reagrupar a las corrientes que se reconocían como “internacionalistas” y que se oponían a la guerra dieron lugar a las conferencias de Zimmerwald (1915) y Khiental (1916), ambas realizadas en Suiza. En estas reuniones se puso de relieve que aun dentro de los que se oponían a la guerra, la mayoría profesaba una posición centrista y más cercana al pacifismo que a la postura bolchevique de transformar a la guerra mundial en guerra civil contra el capital mediante el derrotismo revolucionario, postulando que la guerra mundial debía ser la oportunidad de enfrentar la carnicería imperialista para dar comienzo a la revolución socialista internacional. Los bolcheviques constituyeron el núcleo principal de la minoría de Zimmerwald.

En un artículo escrito pocos días después de las Tesis de Abril, titulado “Hay que fundar ahora mismo la III Internacional”, Lenin explica que lo que llevó al colapso a la Internacional de Zimmerwald fue su actitud vacilante, centrista, “kautskista”, frente al socialchovinismo. La clave que explica la negativa a romper con él por parte del centrismo es que “no está convencido de la necesidad de una revolución contra el propio gobierno”2.

Como puede verse, para Lenin había un vínculo indisoluble entre la posición de las Tesis de Abril referidas al gobierno provisional, a la necesidad de una nueva revolución y de una diferenciación tajante respecto de los socialchovinistas rusos (los mencheviques y socialistas revolucionarios) que apoyaban la continuidad de la guerra imperialista, ahora en nombre de la “defensa de la revolución”.

No podía haber para él una política para el país divorciada de una política en el campo de la Internacional y el abismo que separaba a los internacionalistas de los socialchovinistas en el campo de la Internacional, era el mismo que separaba a los bolcheviques de las corrientes “socialistas” rusas que apoyaban al gobierno provisional. Y esta comprensión fue la que lo llevó en la tesis 9 a proponer el cambio en el nombre del partido para dejar de llamarse socialdemócrata, ya que ese nombre desde el 4 de agosto de 1914 había quedado asociado a quienes Lenin caracteriza en el texto citado como “nuestros enemigos de clase, que se han pasado al campo de la burguesía”. Es que, para Lenin: “El internacionalismo, de hecho, es uno y solo uno: trabajar abnegadamente para desarrollar el movimiento revolucionario y la lucha revolucionaria en el propio país…”.

Las Tesis de Abril son inicialmente rechazadas, tanto por el Comité de Petrogrado como por el Comité Central, y recién son aprobadas por la Conferencia convocada unas semanas más tarde y tras la experiencia de las Jornadas de Abril. Pero ni la tesis 9 ni la 10, las referidas al cambio del nombre del partido y el llamado a fundar una nueva internacional consiguen otro voto que el suyo. Si algo pone de relieve las dificultades con que el partido bolchevique fue asimilando el viraje que significaron las Tesis de Abril, esta votación lo retrata categóricamente. La aprobación a la orientación política para actuar en la lucha contra el gobierno provisional y frente a la guerra y el rechazo al llamado a formar una nueva Internacional muestran esa vacilación y esas dificultades.

La Revolución de Octubre y la fundación de la III Internacional
Uno de los tantos mitos que rodean y dificultan la comprensión de la Revolución de Octubre es la que considera que la fundación de la III Internacional en marzo de 1919 fue una consecuencia de la victoria de la Revolución Rusa y hasta para algunos historiadores, como el francés François Furet, fue un mero instrumento de la política exterior del Estado Soviético.

Como hemos señalado a partir de las Tesis de Abril, nada más alejado a la realidad. Lenin llamó a formar “ya mismo” una nueva Internacional revolucionaria, fue formulado en abril de 1917, seis meses antes de la revolución y dos años antes de su efectiva concreción. Pero hay más. En el artículo citado del 10 de abril, Lenin sostiene que no sólo “estamos obligados” a fundar una nueva Internacional sino que va más lejos y sostiene que “debemos proclamar sin temor que esa Internacional ya ha sido fundada y actúa. Esta es la Internacional de los ‘internacionalistas de hecho’”.

Con lo cual deberíamos concluir no sólo que la III Internacional no debe considerarse un resultado del triunfo de la Revolución Rusa sino que, por el contrario y hasta cierto punto, el triunfo de la Revolución de Octubre fue el resultado de esa Internacional que ya actuaba, según Lenin, y que estaba representada por el partido bolchevique, una vez que tomó el rumbo estratégico diseñado en las Tesis de Abril, y esto a pesar de no haber votado la necesidad de llamar a constituirla.

La fundación de la IV Internacional fue muchas veces cuestionada (por Deutscher, por ejemplo), y uno de los argumentos utilizados es que no “nació” de una revolución triunfante como la III. Como vimos, esto no es cierto. Si bien la fundación de la III Internacional sólo pudo llevarse a cabo más de un año después de Octubre de 1917, ésta no fue su condición sino -como subrayamos- hasta cierto punto fue su consecuencia. La Revolución de Octubre fue el resultado de una acción de un partido profundamente consustanciado con el internacionalismo revolucionario y que había procesado una delimitación tajante de las corrientes socialchovinistas y centristas en el campo del socialismo internacional, y esta delimitación tajante -que comenzó por lo menos desde el estallido de la guerra en 1914 y pasó por las experiencias de Zimmerwald y Khiental- fue lo que permitió al partido bolchevique liderar la revolución proletaria en Rusia.

Por el contrario, la demora en esta delimitación, su carácter tardío, fue uno de los factores que explican la derrota del espartaquismo alemán en la revolución alemana de 1918-19. El Partido Comunista alemán fue fundado a toda prisa en diciembre de 1918. Justamente, la primera reunión de la III Internacional se realizó en Moscú, en marzo de 1919, poco después de la derrota de esa revolución y del asesinato, en enero de ese año, de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, los principales dirigentes de ese partido.

Otra crítica a la creación de la III Internacional la formuló Hobsbawm, para quien el “error fundamental que los bolcheviques cometieron (al fundarla) es el de dividir al movimiento obrero internacional… al estructurar un cuerpo de activistas totalmente comprometido y disciplinado, una especie de fuerza de asalto para la conquista revolucionaria. A los partidos que se negaron a aceptar la estructura leninista se les impidió incorporarse a la nueva Internacional o fueron expulsados, porque resultaría debilitada si aceptaba esas quintas columnas de oportunismo y reformismo”3.

Más allá del tono despectivo con que es presentado por el historiador y ex comunista inglés, lo que él critica, bien entendido, fue en realidad una de sus mayores virtudes. A diferencia justamente de la II Internacional, que actuaba como una asociación laxa de partidos nacionales y que no contaba con una dirección internacional centralizada, la III se planteó la tarea de conformar un estado mayor de la revolución socialista mundial. Por lo menos, ése fue el cometido de sus primeros cuatro congresos (uno por año) que llevó a cabo antes de su copamiento por la burocracia stalinista. La delimitación del socialchovinismo y del centrismo fue, como señalamos, una de las fortalezas de los bolcheviques rusos y una de las debilidades de otros partidos recién formados, como el alemán y el italiano, por ejemplo. Los congresos de la Internacional discutieron y aprobaron tesis de conjunto y resoluciones sobre numerosos países, actuando como un verdadero partido mundial.

La necesidad de un estado mayor de la revolución surge de toda la caracterización de la época histórica de guerras y revoluciones. Pero tampoco debe entenderse lo del estado mayor en clave putchista. Cuando Hobsbawm caracteriza a la III Internacional como una “fuerza de asalto”, desconoce el significado histórico del tercer congreso de la III Internacional, que adecuó la táctica de los partidos comunistas a las condiciones del fin de la ola revolucionaria de la primera posguerra. Identificar a un partido centralizado que actúa como fuerza consciente del proletariado mundial en las condiciones de declinación capitalista no sólo nos es sinónimo de putchismo, sino que es la herramienta capaz de adecuarse a las cambiantes condiciones de la lucha de clases. Lo que ocurre es que para Hobsbawm las condiciones que permitieron la Revolución de Octubre fueron excepcionales, sólo para Rusia y por un corto período de tiempo. Con esta perspectiva no hay necesidad de ninguna Internacional, ni centralizada ni de ningún tipo.

Otra cosa es su degeneración a partir del dominio estalinista que efectivamente la terminó transformando en un apéndice de las necesidades de la burocracia rusa para finalmente disolverla durante la Segunda Guerra Mundial como una ofrenda a los imperialistas aliados.

Tomado de Prensa Obrera No. 1455
http://www.po.org.ar/prensaObrera/1455

Notas
1. PO N° 1.447, 23/2.
2. Lenin, 10 de abril de 1917, citado en La Revolución Rusa en el siglo XXI, pág. 99
3. Eric H.: Historia del Siglo XX, la era de las catástrofes, Crítica Mondadori Grijalbo, Buenos Aires, 1994.