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LA SITUACIÓN INTERNACIONAL Y AMÉRICA LATINA; UN BALANCE CRÍTICO

El sistema capitalista mundial atraviesa por una profunda crisis, una crisis estructural que se sustenta en el descenso de la tasa de ganancia, pero sobre todo, en la crisis de relaciones sociales del capital.

La burguesía mundial busca nuevos patrones de acumulación, recargando la crisis en los hombros de la clase trabajadora. Las condiciones mínimas para los trabajadores cada vez se ven más mermadas, las vacaciones, el día de descanso, la extensión de las jornadas de trabajo, la jubilaciones y pensiones, se han vuelto el blanco de los capitalistas ante la crisis mundial.

Estas condiciones se presentan lo mismo en los llamados países desarrollados como en los países dependientes o del llamado tercer mundo. Las libertades son atacadas lo mismo en Francia y Estados Unidos que en México y Brasil.

Crisis en América Latina
La bancarrota capitalista se ha magnificado en América latina como consecuencia de su dependencia extrema del mercado mundial. Golpeada por la quiebra hipotecaria y financiera de Estados Unidos y Europa, fue alcanzada enseguida por la reactivación del mercado mundial de materias primas, como consecuencia del rescate fiscal que impulsaron en especial Estados Unidos y China. Este rebote provocó un gigantesco endeudamiento público y privado, en especial por las operaciones de carry trade, y en consecuencia el desarrollo de un endeudamiento interno hipertrofiado y usurario. La “recaída” ulterior de la crisis mundial -Europa en 2012 y China en 2014-, que hundió el mercado de materias primas y desató una fuga intensa de capitales, volvió a llevar a los principales países del continente a un cuadro de bancarrota efectiva o potencial. Con una deuda pública de alrededor del ciento por ciento del PBI, la crisis política en Brasil podría desatar una situación de default (suspensión de pagos, insolvencia o cesación de pagos). En resumen, el nacionalismo burgués llegó a su apogeo político en el ascenso de este ciclo secundario de la crisis y se derrumbó en el retroceso de ese mismo ciclo.

Ahora, América Latina asiste a un nuevo episodio, considerablemente más grave, del largo ciclo iniciado con la crisis mexicano-argentina de 1982. Las crisis políticas en las metrópolis (Trump, Brexit, Francia, Italia) y la acentuación de la tendencia a la desintegración de la economía mundial (guerra comercial, principio de disolución de la UE y de la zona euro), solamente pueden agravar la tendencia a la crisis conjunta latinoamericana.

La apelación a la apertura económica y al socorro financiero internacional por parte de los nuevos gobiernos de filiación derechista, se encuentra en contradicción con la tendencia a la guerra comercial internacional, por un lado, y con la crisis de sobreproducción y financiera de China por el otro. Gobiernan, en Brasil y en Argentina, sobre la base de coaliciones políticas precarias, unidas por el temor a nuevas crisis políticas, bancarrotas y alzamientos populares. Obtienen del capital financiero un socorro que potencia la crisis con el pretexto de superarla, y que representa, por sobre todo, una salida efímera para los capitales ficticios que dominan el escenario financiero internacional. No existe una corriente de inversiones productivas, por la misma razón por la que escasean en las propias metrópolis y por el impasse de conjunto del proceso de globalización.

En Brasil se manifiesta un proceso aún más extraordinario: el desmantelamiento de una parte significativa de la estructura industrial, como consecuencia de las denuncias de corrupción en gran escala montadas desde el Departamento de Justicia y el gobierno de Estados Unidos y los monopolios petroleros internacionales.

Donald Trump
La clase obrera mundial sabía perfectamente cuales serían las consecuencias del arribo al poder de Donald Trump, quien a través del discurso de odio, racismo, violencia machista y homofobia confronta a los trabajadores entre sí como enemigos, perdiendo de vista que el enemigo es la burguesía que se beneficia de esta situación.

La guerra e intervencionismo imperialista sigue siendo la pauta de la política exterior norteamericana, los bombardeos en Siria y Afganistán no cesan y las tensiones y amenazas de guerra a Corea del Norte siguen siendo la pauta de una política de control imperialista. El triunfo de Trump puso en el centro de análisis el profundo racismo que habita en las clases adineradas y en amplios sectores de la población de Estados Unidos, que también padecen los estragos de una política interna que sigue sin dar muestras de claridad o mejora para los trabajadores del Norte.

Trump llegó al gobierno para profundizar el saqueo y depredación capitalista mundial y donde gobiernos que asumen una posición semicolonial ejecutan las políticas dictadas desde Washington en contra de la clase trabajadora, casos como Brasil, Argentina y México dan claras muestras de esta realidad en América Latina.

La reciente actuación del canciller Videgaray en la cumbre de la OEA de junio pasado realizada en Cancún, México, muestra como la política exterior mexicana se enfoca en ejecutar los mandatos norteamericanos ante las miradas atónitas de la opinión pública mundial, que observaba a un canciller mexicano más preocupado por ejecutar la línea de Washington contra Venezuela que por una protesta de dignidad ante el resto de países por los ataques y el discurso de odio de Donald Trump contra los mexicanos y sobretodo con una política interior omisa y cínica de un Estado que pretende mostrar una imagen falsa al mundo, la violencia en nuestra país alcanza niveles alarmantes, asesinatos, desapariciones, feminicidios, día a día van en aumento y resulta que Videgaray se asume como el gran juez ético de lo que ocurre en el país sudamericano.

Crisis imperialista y del nacionalismo burgués
América Latina asiste, hasta cierto punto, a un fenómeno excepcional. De un lado, al derrumbe de los regímenes nacionalistas burgueses y frentepopulistas que fueron empujados al poder por diferentes episodios de la crisis mundial de los 90 y por el agotamiento de las tentativas neoliberales precedentes; por otro, a una rápida crisis de los gobiernos que han venido a reemplazarlos por distintos medios políticos, electorales o golpistas. En resumen, asistimos a la conjunción de la crisis de dos formas de dominación política que se sucedieron y alternaron en el último cuarto de siglo.

Desde la crisis asiática de 1997-98 hasta el comienzo de la crisis de China, en 2014, la emergencia de gobiernos de corte nacionalista fue un resultado indirecto de crisis económicas y grandes sublevaciones de masas (desde la guerra del agua hasta la insurrección de octubre de 2003 en Bolivia, varias insurrecciones en Ecuador, el “argentinazo” y el “caracazo”, luchas agrarias en Paraguay y en Honduras), o de crisis financieras y luchas populares, en particular en Brasil, como prevención política frente a potenciales situaciones pre-revolucionarias.

Lo peculiar del momento ulterior, actual, en particular con el desplome del gobierno golpista de Michel Temer en Brasil, es la evidencia de una inviabilidad de las salidas alternativas de nuevo corte neoliberal. Esto vale también para la incipiente crisis política del gobierno de Horacio Cartes en Paraguay, las luchas que ha desatado la política del gobierno de Mauricio Macri en Argentina, un probable juicio político en Honduras y, no menos importante, el default económico y político de Puerto Rico. América latina atraviesa por una experiencia singular, como es la crisis sucesiva de formas de sucesión política.
Esta crisis conjunta se manifiesta en Venezuela, donde se combinan el agotamiento completo de la experiencia chavista y la inviabilidad irreversible del gobierno de Nicolás Maduro, por un lado, y la impotencia de la oposición de derecha y del imperialismo para organizar una sucesión “indolora”. En Venezuela se ha formado un “gobierno de facto” que deja abierta la perspectiva de un golpe y un gobierno militar, por una parte, una cadena sucesiva de crisis que podrían derivar en el desarrollo de situaciones revolucionarias, por la otra.

El nacionalismo burgués ha vuelto a demostrar su incapacidad histórica. Lo atestigua la debacle del chavismo. Ha pasado de un sistema plebiscitario a un régimen de facto y represivo. El desabastecimiento y una inflación galopante hacen las veces de medio del “ajuste”, cuya finalidad es el pago de la deuda externa.

Las masas explotadas han comenzado a advertir, en América Latina, que detrás de las políticas de “ajuste estructural”, liquidación de derechos laborales y sociales y privatización generalizada, opera una crisis política de conjunto. Las crisis sucesivas van enseñando que no existe salida social para la mayoría popular bajo la dominación política burguesa.

La izquierda revolucionaria y sus desafíos
Esta crisis conjunta del nacionalismo burgués y de la derecha proimperialista coloca a la izquierda revolucionaria ante un desafío objetivo, en su calidad de fuerza política en presencia, en sindicatos, en el movimiento de mujeres, el magisterio y los estudiantes y la juventud, y en los lugares de trabajo y organizaciones de desocupados; y en el campo electoral y parlamentario. Para una parte de la izquierda, sin embargo, la conquista de las masas se identifica con la adaptación a la emigración defraudada del nacionalismo, en oposición a una franca política de construcción revolucionaria en base a una lucha de clases cada vez más política y más intensa. En Venezuela, la izquierda marcha con el chavismo disidente en torno de consignas comunes de la oposición de derecha.
Desde el Grupo de Acción Revolucionaria proponemos el desarrollo del Frente Único para la intervención en las actual crisis imperialista y en el agotamiento de las experiencias nacionalistas burguesas; no defendemos el “frentismo” sino el Frente Único como un método para impulsar la intervención de las masas. El proletariado coquistará el poder por medio de la homogenización política, o sea la construcción de su propia organización revolucionaria, el partido revolucionario. El frentismo en sí mismo equivale al movimientismo, donde la acción es todo y la estrategia política nada.

Al nacionalismo burgués decadente y en crisis oponemos la lucha por gobiernos obreros y campesinos y por la unidad socialista de América Latina, incluido Puerto Rico. La bancarrota de la menor de las Antillas debe servir para impulsar una gran lucha nacional en el Caribe, bajo la bandera de la unidad socialista de los pueblos caribeños. Es lo que dará. seguramente, un nuevo impulso a la Revolución Cubana.

Es hora de derribar esos gobiernos que solo atacan a los trabajadores, acólitos del imperialismo y sus transnacionales.

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AGUAS PROFUNDAS PARA EXTRANJEROS

Daniel Vela

Introducción
El pasado 5 de diciembre de 2016, el consorcio conformado por Exxon Mobil y Total E&P, ganó la adjudicación del área contractual 2, ubicada en la provincia geológica denominada Cinturón Plegado Perdido con una propuesta económica de 5.00 % de valor de la regalía adicional (VRA) y un factor de inversión adicional de (FIA) de 1.5 (equivalente a dos pozos); esta propuesta fue la única presentada y por tanto la ganadora, ya que los valores ofertados por el consorcio fueron mayores a los ínfimos valores determinados por la Secretaría de Hacienda para dicha área.

El 10 de marzo del presente año, se firmaron 7 de los 8 contratos adjudicados en la cuarta licitación de aguas profundas.

La importancia de este suceso radica en que fueron los campos en aguas profundas como los del Cinturón Plegado Perdido los que desde finales del sexenio de Vicente Fox y sobre todo del de Felipe Calderón sirvieron como excusa y pretexto para justificar la Contra Reforma Energética de 2013 ya con Peña Nieto en la presidencia.

Es de llamar la atención que aun cuando en la propia Constitución se especifica en el artículo transitorio cuarto de la propia Contra Reforma que “el Estado definirá el modelo contractual que mejor convenga para maximizar los ingresos de la Nación.”, lo cual termina sin ser verdad cuando los criterios usados desde la propia SHCP para licitar estos campos donde la parte correspondiente de la Renta para el Estado es ínfima: 5% del valor de la regalía adicional (mayor al 3.1% solicitado por Hacienda), fue el monto ofrecido por el consorcio franco estadounidense que ganó el área 2. Cabe señalar que de las 8 áreas licitadas en la Ronda 1.4, la asignada a Exxon Mobil y Total es la que ofrece un menor valor de regalía adicional al Estado mexicano.

Implicaciones geopolíticas
Desde un punto de vista más allá de lo fiscal y económico, la entrada de Exxon Mobil a la parte mexicana del Golfo de México en la Licitación 4 de la Ronda Uno mediante la adjudicación de esta área contractual tiene implicaciones muy importantes, pues dentro de la política internacional de la actual administración estadounidense, la “revolución energética”, constituye el factor de impulso para el mantenimiento del poder y la aspiración estadounidense a mantener su hegemonía y seguir siendo competitiva frente a potencias rivales.

Esto no es asunto menor pues en este contexto, destacan los reacomodos geopolíticos de EU que constituyen un giro de 180 grados respecto a su política exterior y no sólo frente a la administración de Obama, sino desde la guerra fría. Es una ruptura del paradigma anterior como lo muestra el acercamiento de Trump y muchos de sus colaboradores a Rusia, enemigo histórico de EU y sus aliados, con el que ahora se vislumbra la posibilidad de cooperación económica. Es por ello que encuentra a cada paso numerosos obstáculos resultantes de las propias inercias y creencias enquistadas en el establishment de los Estados Unidos, lo cual le ha provocado a Trump fuertes tensiones con sus opositores y el tener que prescindir de algunos de esos colaboradores acusados de mantener nexos con el gobierno ruso desde antes de ganar la elección, sin mencionar de la versión de los demócratas que aspira a justificar su derrota electoral mediante un supuesto ataque cibernético de los rusos en favor de Trump y contra su candidata.

Otro cambio paradigmático en la geoestrategia internacional de Trump tiene que ver con México. Hasta el gobierno de Obama, México era considerado como socio en la integración económica, proveedor fiable de energía: petroleo y electricidad y un fiel consumidor e importador de productos estadounidenses, desde alimentos básicos hasta tecnología. En la actualidad, para el gobierno de Trump México posee un carácter ambivalente. Por un lado, se le ve como el causante de todos los males que aquejan a EU (migración ilegal, fuga de empleos, déficit comercial), visión derivada de un análisis superficial, dogmático, oportunista y racista pero a la vez diseñado para avanzar en los intereses de EU, aprovechando su posición de poder en la asimétrica relación bilateral. Por el otro, México sigue siendo parte importante en el proyecto de integración de América del Norte, particularmente en materia energética, ya que le permite acceder a los recursos mexicanos, a sus mercados, terrenos y a su territorio usado como trampolín para que sus corporaciones se extiendan también a Centroamérica primero y hasta Sudamérica después.

El proyecto energético constituye un pilar para mantenerse como una potencia (Power-house) a través de la integración que en los hechos no es más que la subordinación al control estadounidense de nuestros recursos y hasta del territorio para su propio beneficio, seguridad energética y hasta seguridad nacional, generando de este modo una dependencia artificial e innecesaria en muchos sentidos, que vulnera la soberanía mexicana y nos coloca en franca desventaja ante el poder estadounidense.

En esa misma lógica depredadora que busca garantizar la seguridad energética y por consecuencia la seguridad nacional estadounidense, el petróleo es un arma más de su arsenal y que no durarán en usar. Es por ello que antes de posibles alianzas con Rusia en materia energética para realizar proyectos de exploración y producción de hidrocarburos en Siberia, o en el Ártico, en colaboración con alguna empresa como Rostneft. Es el Golfo de México el que está en la mira de Washington; por ello no es casual que Rex Tillerson, el CEO de Exxon Mobil hasta 2016 sea el Secretario de Estado de Trump.

La política exterior estadounidense históricamente ha sido una y la misma sin importar qué partido gobierna, es esta agenda bipartidista la que a pesar de la retórica oficial antimexicana de la administración de Trump es apoyada por los mismos grupos económicos que trabajan en torno a la propuesta de integración de América del Norte como si nada pasara.

Por ello es importante tener en cuenta la hostilidad de la administración de Trump hacia México como un factor que incrementa peligrosamente los riesgos de la seguridad energética mexicana ante la posibilidad de embargos o represalias haciendo uso de nuestra dependencia energética.